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Córdoba

Puesto Pucheta: viaje a una escuela náufraga

Las inundaciones no sólo son de campos. En la historia de la escuela rural Puesto Pucheta una muestra qué otras cosas pasan cuando sube el agua.

Si pensabas que, en tiempos de autopista y GPS, llegar a la escuela es fácil. Si creías que los estudiantes cordobeses sólo tienen que tomarse el colectivo, andar en bicicleta o caminar, esta historia te va a derrumbar la creencia. Alumnos que viven en el interior del interior de nuestra provincia necesitan mucho más que eso. Algunos deben apelar a tracciones de cuatro ruedas, caballos y camiones de bomberos para llegar.

En épocas de lluvia y crecidas, hay quienes piden a sus padres que saquen el tractor. En viejas moles de ruedas gigantescas atraviesan los campos de soja anegados con 30 centímetros de agua sobre el piso. Llegan a la entrada de un camino y saltan al camión de los bomberos. De allí, si la senda lo permite, caminan. Y si no, harán cola para que un adulto los cruce a caballo.

Esta es la odisea que realizan, al menos dos meses al año, los estudiantes de la escuela Sargento Cabral de Puesto Pucheta, un paraje a 22 kilómetros de Obispo Trejo, en nuestra pampa húmeda del noreste provincial. Cada vez que llueve, los caminos se vuelven intransitables. Y si los ríos bajan cargados, desbordan los canales y la cosa se pone aún peor.

Y esta escuelita quedará aislada del mundo, sin acceso, excepto en el helicóptero del gobernador o en los brazos de Superman. La solución será tener clases en estancias cercanas o en la escuela rural más próxima: la Mariquita Sánchez de Thompson del paraje Santa Isabel. Todo sea por estudiar.

En carne propia. Para conocer la travesía de esfuerzo y agua que hacen los estudiantes de la zona, emprendimos el mismo recorrido. Con 42 grados de sensación térmica. Son 22 kilómetros de ripio los que separan Puesto Pucheta de Trejo. Cada vez que llueve, el camino se torna imposible. Entonces hay que optar por una vía alternativa de 50 kilómetros que usan los productores para descargar sus cosechas.

“Ya conocemos el cielo. Si se pone oscuro en el sur, habrá tormenta. Los caballos empiezan a saltar. Disparan y se retuercen. Entonces sabemos que no hay que mandar a los chicos a la escuela”, comenta Natalia Vanega (29), una mujer que en marzo tuvo que ausentarse un mes de su casa para dar luz a Bianca, su hija.

En una camioneta cuatro por cuatro de Bomberos nos abrimos paso hacia el norte.

“Esto era puro monte. Los algarrobos absorbían hasta 200 litros de agua, cuando llovía. Pero cada vez hubo más chacras. Alguien lo permitió y ahora no hay forma de evitar que se inunde”, comentó un bombero.

Al cabo de una hora, topamos con el cruce de dos caminos conocido como “Cuatro bocas”. “Aquí es donde venimos a buscar a los alumnos cuando llueve mucho y ellos llegan en el tractor”, comenta Mariela del Franco, directora y maestra todo terreno.

Los primeros indicios de barro se convierten en pantano. Los canales desbordan a ambos lados del camino. No hay forma de seguir. “Los ríos Guanusacate y Pinto vienen a parar a estos campos. Cuando llegan cargados, desbordan los canales”, agrega la maestra.

Estábamos por pegar la vuelta cuando aparece, en el horizonte, nuestro salvador: un baqueano a caballo. Adán Vanega pasó sus 62 años en Puesto Pucheta. El hombre, de piel curtida por el sol, abre la tranquera y dice: “Síganme”. ¿Nos va a defraudar?

“Fui alumno de esta escuela. Al igual que mi esposa, mis hijos y tres nietos. De chico éramos 40 estudiantes. Y entonces nunca se inundó”, dice el hombre, que viste camisa manga larga para protegerse del sol.

Llegada triunfal. Tras las huellas de Adán, la camioneta se abre paso en el campo. Traspasa yuyales. Terrenos improductivos por la invasión del agua. Líquido amarronado y una horda de mosquitos ataca a las piernas.

¿Y ahora? Es el turno del tractor. Leonardo Palacios (28), yerno de Adán, nos conduce en su máquina hiladora, un viejo trasto de ruedas gigantescas con el que suele cortar el pasto, el mismo que utiliza para transportar a sus hijos en época escolar. “En la mochila de los chicos ponemos ropa seca para que se cambien. Porque llegan todos mojados”, comenta, mientras maniobra.

La soja se mantiene viva, pese al agua. El verde se pierde en el horizonte. Mediante este rodeo por el campo, evitamos las zonas más anegadas del camino. Pero el barro otra vez se hace pantano y entonces, sí, a caminar.

Al cabo de tres horas de extenuante calor llegamos a una casa de paredes rosas castigadas por la humedad: la escuela. Por detrás, nos siguen alumnos a caballo, en forma de peregrinación: Brian (9), Leti (10) y la recién egresada Trini (de 12, que piensa continuar la secundaria). También está Tina, cocinera y esposa de Palacios. Y Nati, la hija de Adán.

Cada año, desde hace cuatro, el edificio se inunda, las paredes se humedece y algo se rompe. Entonces los papás se turnarán para limpiarla y arreglarla. Aunque rutinario, es un trabajo que hacen con gusto. Todo sea por mantener viva esta escuelita rural.

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