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Córdoba

El físico cordobés que da clases en una escuelita rural de Los Gigantes

Es doctor en física. Hace un año, dejó su carrera para ser director en un escuelita rural de Los Gigantes. La aventura de enseñar “tocando el cielo”.

Y de vidas y aventuras se ha escrito mucho. Es que hay tantas como personas existen. Algunas se sostienen en la estabilidad de lo conocido, y otras se endulzan con cucharadas de riesgo y locura.

Algunas crecen por los aplausos que convalidan el ego, mientras que hay de las que se motivan por un sol que nace. Y en ese sin fin de opciones, Eduardo Bordone, revestido de títulos de grado, decidió dejarlo todo paraganar más. Mucho más. 

“Me pidieron ayuda para buscar un director en la escuela rural en Los Gigantes. Yo no sabía nada de escuelas rurales ni de pluricursos, pero en el interior me resonó un ‘¿por qué yo no?’”, comparte Eduardo abiertamente ese primer cuestionamiento.

“Para ser honesto, tenía una trayectoria docente y de investigación, podríamos decir que estaba en buena posición y en crecimiento. Pero con 60 años, empecé a debatirme si no era tiempo de arriesgar por algo que siempre quise hacer”, continúa el relato de la decisión que lo llevó a dar un gran “Sí”. 

Hoy hace un año que es director de nivel medio en la escuela Escuela Rural “Nuestra Señora del Valle”, en el paraje Los Gigantes, perteneciente a la Fundación Manos Abiertas. Allí, junto a docentes y alumnos, vive de lunes a viernes en un colegio de montaña viendo a su familia los fines de semana. 

La ciencia del director. Eduardo está casado con Nora, tiene 3 hijos y una pequeña nieta. Desde los 16 años viene entregando mucho empeño al estudio y a la investigación de la física. Es egresado del Famaf, aunque posteriormente se recibió de Doctor en Física en la UNC.

“Soy un amante de la ciencia, siento que es un modo hermoso de conocer. No es el único, pero me ha ayudado a entender muchas preguntas; otras aún persisten”, comparte con simpatía en la visita de Día a Día a unos casi 2.000 metros de altura.

El amor por la física y la educación lo llevó a conocer la docencia en el nivel medio, en el colegio San José de Córdoba. Allí, hasta hace 365 días, ofrecía su tiempo y su saber. Pero, según dice, algo fue cambiando en su interior: “Tengo una hija que está peleando todo por sus sueños de ser cantante. Mirarla me cuestionó cuando apareció la oportunidad de abandonar lo conseguido hasta acá, por seguir lo que había en mi corazón... Y así fue”, reconoce Eduardo, quién no niega su fe y asegura que se siente también movido por Dios para esta travesía. 

Cambiar mucho, cambiar todo. El ritmo en el colegio “lo marca el colectivo”, explican. Ya que hay uno solo que hace el recorrido hasta esos parajes en el departamento Punilla, a 90 kilómetros de la Capital. La aventura para los docentes, como para los 29 alumnos que viven allí (y asisten entre los niveles inicial y medio) se inicia los lunes a las 12 y termina los viernes a media mañana. 

“Aprendí que no estoy seguro de nada. Todos los títulos no te dan la certeza de que las cosas estén bien hechas. Aprendo todos los días que hay muchas maneras de hacer las cosas y uno debe estar dispuesto a modificar”, reconoce con honestidad este director que propone una gestión en equipo y diálogo. 

En tanto, sobre lo que lo intranquiliza a diario, asegura que no son tantos los conocimientos. “Mi pregunta es: ¿cómo es la mejor manera de amar a los chicos?. ¿Qué puedo hacer para amarlos mejor? Y eso también va modificado mi terquedad”, dice, reflexivo. 

Muchas manos entregadas. En este colegio, los días despiertan a las 7 AM con el aseo de los chicos. Y desde las 8, y hasta las 17, el estudio es lo principal. “La vida acá es la más linda. Cada día es un día de regalo”, relata con una sonrisa sin disimulo Gabriela De Dominici, directora de nivel inicial y primario. Ella, junto a otro grupo de siete personas vive durante la semana con los alumnos.  

“Es una vida que es de opción y para mi es parte de un sueño. Lo entregamos todo porque creemos en la educación y en las oportunidades”, destaca Gabriela, con expresiones que se repiten en la boca de los demás docente de la escuela.

Ella hace cinco años que vive allí, bajando los fines de semana a la ciudad y no le ha puesto tiempo a su entrega: “Acá cuando decís sí, no decís hasta cuándo. Te ofrecés por completo, porque hoy podes bajar, o quizá en 15 días”. 

La vida en el lugar se va llenando de encuentros y momentos gratos. Parece que todos aprenden y son educandos. “Yo aprendí acá a ser maestra. Los chicos, sus tiempos. La convivencia y la montaña. Acá la soledad y el silencio también te educa”, sentencia Gabriela.

Y la decisión de estos docentes, para muchos es una verdadera locura. El “dire” Eduardo, como le dicen los chicos, para ello sólo tiene ensayada una simple respuesta: “No existe un solo camino para un ser humano; uno no va dejando cosas, sino sumando personas, actividades, proyectos. Y yo, acá, he sumado todo”.

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