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"Robledo Puch, un hombre que no vivió nada"

Lo afirma Rodolfo Palacios, un periodista que lo entrevistó en varias oportunidades y reconstruyó toda la historia del asesino múltiple más importante de la Argentina".

Rodolfo Palacios representa a una nueva generación de periodistas de sucesos que ya no busca todas las respuestas en las fuentes policiales, ni cree que hacer periodismo es parecerse a los policías o sentarse al lado de la comisaría a esperar que los hombres vestidos de azul le cuenten "la verdad". Palacios es un buscador y así llegó a conocer a Carlos Eduardo Robledo Puch y a entablar con él una relación entre amistosa y riesgosa que le permitió escribir El Angel Negro, vida de Carlos Robledo Puch, asesino serial una biografía del delincuente más emblemático de la historia Argentina. Ese trabajo, publicado por la editorial Aguilar, ya está a la venta en las librerías de Córdoba.

-¿Podrías definir en pocas palabras quién es hoy Robledo Puch para vos?

-Es el mayor asesino civil de la historia criminal argentina. Una leyenda negra del crimen. El preso bonaerense más antiguo (lleva preso 38 años). Quizá lo sea del país. Es un hombre atormentado que, como él mismo dice, no ha vivido nada. La tragedia que causó terminó por devorarlo.

-¿Qué cree Robledo Puch de él mismo?

-El se presenta como una víctima más. Una víctima en vida. Jura que no es peligroso para nadie. Dice que lo torturaron y que los crímenes fueron cometidos por sus dos cómplices.

-¿Cómo decidís retratarlo?

-Le mandé una carta. Aceptó darme la entrevista y luego me anotó como su única visita. La última visita que había recibido era la de su padre, ocho años antes. Su madre murió en un manicomio. Robledo Puch está solo: sus familiares se mutilaron el apellido por vergüenza. Se llaman Robledo a secas.

-¿Qué piensa él de sus crímenes?

-En 1972, cuando lo detuvieron, confesó cada uno de sus crímenes. Aunque lo hizo bajo torturas. Eso me lo confirmó una persona que participó de la investigación del caso. Lo torturaron en la comisaría 1ª de Tigre, que tiempo después fue un centro clandestino de detención de la dictadura militar. En esas confesiones dio todos los detalles. En mis encuentros negó haber matado a esas personas. Acusó a Jorge Ibáñez y Héctor Somoza, sus amigos y cómplices. Dice que él robaba, pero que ellos mataban. Eligió el camino más fácil: echarle la culpa a los muertos.

-¿Está bien llamarlo asesino serial, o no encuadra esa definición?

-Es discutible. Técnicamente, si nos basamos en los conceptos de Robert Ressler, no sería un asesino serial, sino múltiple.

-He hablado con delincuentes así. Son hasta agradables. Sin embargo, pareciera que si vos te agachás y ellos tienen un palo cerca de su mano, tranquilamente podrían reventarte la cabeza. ¿Te pasó algo parecido?

-Más allá de que Robledo tenía momentos de tranquilidad y se mostraba agradable (me llamaba Rodolfito), nunca dejaba de pensar que estaba ante el asesino más famoso. Su mirada penetrante era muy fuerte. Nunca me la sacaba de encima. Cuando me agachaba a juntar algo que se me había caído o me despedía y me iba caminando hacia la salida de la cárcel, él siempre me miraba. Cuando lo visitaba, los guardias solían dejarnos solos en una sala de entrevistas.

-¿Los guardias te ayudaban a estar seguro?

-En un principio, el Servicio Penitenciario Bonaerense no puso obstáculos. Pero a algunos guardias les molestaba mi presencia. "Te vas a hacer millonario y nosotros acá ganamos dos mangos", me decían. A veces hasta parecían azuzar a Robledo para que reaccionara o se enojara conmigo. Una vez dejaron un palo arriba de la mesa, justo el día en que Robledo estaba furioso conmigo porque la semana pasada no había ido a visitarlo. Cuando lo vi venir por el pasillo, escondí el palo. Ese día me gritó y golpeó la mesa con fuerza. Tenía los dientes apretados. Pensé que si ese palo estaba a mano, podría haberme golpeado en la cabeza. Algunas veces, los guardias me hacían esperar tres horas para entrar y pasar por la revisación.

-Supiste contarme que él se sentía tu amigo y que era muy extraño.

-Durante un año y medio llegaron a mi casa 45 cartas de Robledo. Me enviaba dibujos infantiles (La Pantera Rosa o el canario Tweety) con dedicatorias ("Que lindo es tener tu amistad", dice uno). Un día me regaló un matambre. Sus cartas no tenían una frecuencia semanal.

Mi amigo el periodista. Cuando las cartas de Puch comenzaron a llegar a casa de Rodolfo todos los vecinos comenzaron a chusmear. Un día, una vecina del piso de arriba le preguntó por qué recibía cartas del asesino. Rodolfo contó que estaba escribiendo un libro y ella contestó suspirando: "Menos mal, pensamos que eras un cómplice o un ex compañero de celda".

Una tarde, indignado, el cartero exclamó: "Si fuera por mí tiraría a la basura todas las cartas de esta basura". Lo peor ocurrió un día en el que en el hall del edificio aparecieron pintadas nazis. Rodolfo se dio cuenta de que los vecinos sospechaban de él que según el rumor era el "cómplice" de Robledo, nazi confeso, que recibía sus cartas. Por suerte, el tema no pasó a mayores. Nunca se supo quién fue el autor de las pintadas.

-Si tuvieras que definir el vínculo que tenés actualmente con Robledo Puch. ¿Cómo lo definirías?

-El decía que yo era su biógrafo, su albacea, y que "estaba destinado a ser la persona que más sabe de Robledo Puch". Quería que escribiéramos un libro juntos. Pero era imposible: quería ser presentado como el sucesor de Perón. "Vos estás acá en representación de la sociedad", me decía.

-¿Sentiste pena por Robledo?

-A veces sentía pena por Robledo. En los 38 años que lleva en prisión, quedó solo. En 1973, cuando lo recapturaron de una fuga de la cárcel de La Plata (Unidad 9), los otros presos lo golpearon. Sufrió todo tipo de vejámenes. Mi desafío fue humanizarlo. Mostrar la otra cara, por supuesto sin ocultar su maldad ni la masacre que causó. El problema era pasar la línea y presentarlo como la víctima. Busqué ser equilibrado. Pero me dio pena cuando una tarde recordó a sus padres y lloró por ellos. Las pericias psiquiátricas de 1972 decían que era un psicópata cruel y desalmado, incapaz de tener un sentimiento.

-¿Por qué sigue preso? ¿Qué pensás de la accesoria por tiempo indeterminado?

-La accesoria por tiempo indeterminado fue declarada inconstitucional por la Corte. Es la misma pena que se le impuso al Petiso Orejudo. Arquímedes Puccio, el líder del siniestro clan, también tuvo esa condena y sin embargo hace dos años salió en libertad porque un pastor lo alojó en su casa. Los camaristas de San Isidro le negaron la libertad a Robledo por tres razones: porque según las pericias sigue siendo peligroso para la sociedad, porque no tenía contención externa y porque no había estudiado ni aprendido un oficio. Robledo es como una amenaza. Es probable que no salga por portación de mala fama. Es una leyenda negra. (Nota: la misma disposición legal le impide en Córdoba quedar libre a José Carmona, el asesino de Gabriela Ceppi).

-¿Qué ha hecho en la cárcel?

-Trabaja en la carpintería del penal, esa que intentó quemar en 2000, cuando despertó creyéndose Batman y corrió con una capa y unas antiparras. Fue el único brote fuerte que sufrió en los años de encierro. En una época estuvo a cargo de una biblioteca.

-¿Tiene vida social? ¿Es cierto que formó pareja? ¿Tiene amigos?

-No tiene amigos. Durante un año yo fui su única visita. Sus familiares no quieren verlo. Sus padres murieron. Sólo toma mate con algunos compañeros y algunos guardias. Si tuvo pareja o no, él lo desmintió. Dice que no es homosexual. Cuando cayó preso, el 4 de febrero de 1972, tenía una novia: Mónica Acosta.

-¿Tiene sueños?

-Tiene un sueño recurrente. Sueña que un guardia le avisa que sale en libertad. Él cree que lo está cargando. Al final sale de la cárcel de Sierra Chica, a 12 kilómetros de Olavaria, provincia de Buenos Aires, y estalla el fin del mundo.

-¿Qué se imagina hacer cuando salga?

- Ahí surge su costado más delirante. Un día me dijo que quería ganar un millón de dólares filmando la historia de su película con Francis Ford Coppola o Martín Scorsese. Dijo que él iba a escribir el guión y actuar en las escenas de riesgo. Quería que lo interpretara Leonardo Di Caprio o Matt Damon. Otro día dijo que soñaba con custodiar campos bonaerenses del cuatrerismo. No lo iba a hacer armado, sino al mando de una jauría de Rottweilers. Además se proclamó como sucesor de Perón. Tiene momentos lúcidos en los que analiza la realidad que le llega a través de su televisor de 14 pulgadas. Ese es su contacto con el mundo exterior. En los encuentros también conocí a un hombre sumiso con los guardias y apegado a su gata Kuki, que duerme en su cama desde hace 13 años.

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